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El rincón de SiraFer

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SiraFer
SiraFer
Mensajes: 672

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Miércoles 22 Oct 2008, 15:57   Post #165125  Responder citando
 

¡Hola amigos foreros!

Soy SiraFer y me encanta leer y escribir. He escrito dos novelas, una de género fantástico y de aventuras y otra de estilo realista ambientada en los años 70 -aunque aún no han sido publicadas por una editorial-, tengo la ilusión de que algún día mis novelas sean editadas, por eso sigo escribiendo. Ahora os voy a dejar aquí, algunos de mis relatos cortos y poesías. Espero que os gusten. (Todos mis escritos están debidamente registrados en el Registro de la Propiedad intelectual de Andalucía).


HAIKUS

En la lejanía
el canto del jilguero
borró tu sonrisa.


La libélula
tornó de su viaje
la oí al llegar.


En el balcón entreabierto,
las notas de Chopin acariciaban a la rosa.


Llegó el otoño,
hojas amarillentas alfombran el bosque
y tus cabellos me lo recuerdan.


Rompió la ola en la orilla,
su espuma plateada alegra el aciago invierno.

El cálido aliento del estío acarició las hojas del nogal,
y tú sonreíste.


La ardiente arena cubrió tu piel,
y las olas alejaron mi pesar.


Los pétalos de la rosa se abrieron al amanecer,
tus labios me lo recordaron.

El crepúsculo
brilló en tu mirada,
el mar la besó.


La madreselva
trepó por las tapias,
sonrió el sol.
   

asturias33
asturias33
Mensajes: 1259

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Miércoles 22 Oct 2008, 16:00   Post #165128  Responder citando
 
Muy bonito Sirafer.

   

Mago
Mago
Mensajes: 1865
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Miércoles 22 Oct 2008, 16:01   Post #165130  Responder citando
 
   

SiraFer
SiraFer
Mensajes: 672

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Miércoles 22 Oct 2008, 16:02   Post #165133  Responder citando
 
Estas poesías están publicadas en una antología de poemas y relatos cortos titulado: Palabras de Mujeres Onubenses.

ÁFRICA


Lágrimas de sangre recorren tus caminos,
inmortalizados por la pluma de Isak Dinesen.
Oscuros deseos de Occidente
desmiembran tu cálida piel,
y tú no gritas.
¿Quiénes atan tus manos negras?
¿Quiénes se enriquecen,
mientras tu rostro de ébano agoniza?
Míseros gobernantes
que se emblanquecen con el dolor
de sus hermanos
ocultando a ese sol abrasador
sus propias miserias.
¡África, despierta!
No permitas que te hieran más.

OLVIDO

El viento grita un nombre
tras los empañados cristales
de una nívea habitación,
pero él no lo oye.
Permanece absorto,
contemplando las ilusorias figuras que
la noche dibuja en la pared.
Una cálida mano le acaricia con ternura,
intentando protegerle del miedo
que se refleja en sus asustados ojos.
Se miran, pero, Carlos, sólo ve un rostro extraño
uno más entre tantos...
Olvido suspira procurando sonreír,
y tras darle un beso en la frente, le dice:
“Duerme, mi amor, yo estaré aquí”.
Morfeo pronto lo acuna en sus brazos,
Olvido se deja caer en el sillón.
¿Cómo pueden borrarse sesenta años
de besos, de caricias, de alegrías, de tristezas...?
¡Maldita enfermedad!


EL AMOR


Siento los latidos incesantes de mi corazón, aquellos que un día despertaron de su agónica tristeza. Un mundo nuevo, de colores vivos y sensaciones maravillosas, alienta mis pasos, antes grises y nublados por el desaliento. ¿Qué tiene el amor que cambia la existencia del más esquivo? ¿Quiénes mueven los hilos para que no le ignoremos?
Poetas de todos los tiempos se rinden ante él, como amantes que sucumben a la embriaguez del placer; creando versos que alimentan su ego para toda la eternidad. Pero, si no fuera así, ¿podríamos vivir?
Yo sólo sé que sus alas blancas me aprisionan y que su cálido aliento reaviva ese órgano, antaño coronado de espinas y acorazado, que con regocijo hoy vuelve a latir.



RECUERDOS

Recuerdo el traqueteo del tren en la vieja estación,
el añejo sonido del organillo de la esquina,
el aroma de la tierra mojada y los gritos de los niños en la plaza.

Recuerdo el olor del café recién hecho, el de las sábanas oreándose,
el acariciante trino del jilguero en su jaula, las animadas charlas de los vecinos y los besos robados a María.

¡Qué hermosa era aquella época!
   

noeluchisk
noeluchisk
Mensajes: 4675

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Miércoles 22 Oct 2008, 16:03   Post #165136  Responder citando
 
muy bonito, suerte con tus libros!
   

SiraFer
SiraFer
Mensajes: 672

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Miércoles 22 Oct 2008, 16:03   Post #165137  Responder citando
 
Gracias Mago y Asturias por leerme. Sigo poniendo algunos de mis relatos cortos. Besitos a los dos.
   

SiraFer
SiraFer
Mensajes: 672

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Miércoles 22 Oct 2008, 16:07   Post #165145  Responder citando
 
¡Hola Noeluchisk!

Muchas gracias por leerme y por tu apoyo. Si te gusta escribir estaré encantada de leer algo tuyo en este rincón. Saludos.
   

SiraFer
SiraFer
Mensajes: 672

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Miércoles 22 Oct 2008, 16:09   Post #165148  Responder citando
 
Este relato corto está publicado en la antología anterior. Está dedicado a uno de mis poetas preferidos Juan Ramón Jiménez.

EL SUEÑO

Anoche tuve un sueño, y en él me vi siendo de nuevo aquel mozalbete de pantalones cortos y mirada inocente; de mofletes regordetes y cardenales en las pantorrillas; de churretes en la cara y atrevida curiosidad, que pasaba parte del verano en Moguer, el pueblo de la tía Candela. Me divertía con algunos de los niños que entonces compartían mis mismas travesuras y risas, y allí cerca del lugar donde jugábamos, sentado en uno de los bancos de la plaza de las Monjas, había un hombre. Vestía de luto y se resguardaba de los penúltimos rayos de aquel febril sol de mediados de agosto con un sombrero. Nos miraba de vez en cuando y otras tantas parecía olvidarse de nuestros juegos, apuntando algo en una pequeña libreta.
Pasaron las horas y el cielo comenzó a teñirse de tonos añiles, ocres y rosados, mientras las golondrinas volaban en círculos tiznando de minúsculas motas negras el firmamento. A las ocho en punto, las campanas de la iglesia de la Granada repiquetearon llamando a misa y pocos minutos después mis amigos se despidieron dejándome solo. Cogí mi pelota dispuesto a marcharme también, pero antes observé con detenimiento a aquel desconocido. Me intrigó la suavidad con la que asía su pluma estilográfica, el movimiento pausado de sus dedos al anotar sus reflexiones en el papel y el gesto sereno que evidenciaban sus rasgos angulosos al escribir. Irguió la cabeza al darse cuenta de que yo lo miraba y entonces se quitó el sombrero poniéndolo en el banco de piedra. Me sonrió haciéndome un guiño para que me acercara hasta donde se encontraba. A continuación, dijo:
-Pequeño, ¿viste alguna vez algo más hermoso que el crepúsculo?
-¿Qué es eso? –inquirí extrañado.
-El crepúsculo es la última claridad del día.
-¿La última?
-Así es, el día se dormirá y pronto la oscuridad se hará dueña de todo.
-Pero, las estrellas y la luna alumbran el cielo y así nosotros podemos ver por la noche, según dice mi tía Candela.
Él sonrió atusándose la rala barba blanquecina.
-Tienes razón, pequeño, éstas iluminan lo que las sombras tratan de ocultar a nuestros ojos y por supuesto, tu tía es una señora muy sabia.
Fascinado por su contestación me senté a su lado y le pregunté:
-¿A quién escribe?
-A un amigo.
-¿Vive muy lejos?
-Él murió.
-Y si está muerto, ¿por qué le escribe?
-Aunque ya no esté en el mundo de los vivos, su presencia siempre permanecerá conmigo, por eso le cuento en esta carta lo que me ha ocurrido hoy.
Aturdido miré hacia aquel infinito en el que algunas solitarias lucecitas comenzaban a aparecer resplandeciendo igual que diamantes, y el astro lunar intentaba asomar su plateada redondez, con cierta timidez, entre las copas de los árboles. Los pájaros buscaban cobijo entre las ramas de los naranjos piando alborotados, y una suave brisa marina comenzaba a arrastrar algunas de las hojarascas marchitas en el suelo. Suspiré antes de volver a manifestar.
-Usted debió de quererle mucho si le recuerda tanto. ¿Fue su compañero de juegos?
-Sí. –Sonrió-. Nuestra amistad fue sincera. Me acompañaba al monte, al barrio de los marineros, me seguía allá donde yo fuera... Y le gustaban los higos morados, las naranjas, las uvas moscatel...
-¿Cómo se llamaba?
-Platero.
-¿Platero? ¡Qué nombre más raro para un niño!
-Platero era un burro.
-¡Un burro! ¿Y cómo podía ser su amigo? Los asnos no hablan, no comprenden...
-¿Estás seguro? Muchos hombres son más borricos que estos animales, si no fíjate en las guerras que algunos provocan sólo porque creen estar en posesión de la razón y se vanaglorian de sus actos, mofándose del dolor de los demás. Mira, pequeño, la intolerancia y el odio son enemigos de la verdad, quien justifica la sinrazón aborrece verdaderamente a la humanidad.
-Pero, también hay personas buenas en este mundo, por lo menos, eso me dicen mis padres y mi tía.
-¡Claro que sí! Y por ello, todavía tenemos esperanza –respondió guardando la libretilla y la pluma en el bolsillo de su camisa de lino.
Ambos nos fijamos entonces en el liviano vuelo de una despistada mariposa de alas blancas, que pasó cerca de nosotros. Aquel insecto de eterna belleza, parecía haber olvidado que la luz del día, poco a poco, se desvanecía entre las azoteas de las casas y movía sus apéndices alados desafiando a la gravedad y a la pronta nocturnidad, hasta posarse elegantemente en una de las flores que perfumaban el jardín.
-Fíjate en esa mariposilla y en la rosa en la que se posó, ¿no crees que somos afortunados al estar ahora aquí contemplando esta maravilla de la creación?
-Sí -contesté sin poder apartar mis ojos de aquel rincón.
Él siguió diciendo:
-A Platero le encantaba olisquearlas y después perseguirlas por el monte, y yo disfrutaba viéndolo trotar igual que un chiquillo revoltoso...
Sonreía mientras me contaba aquello y por un breve instante, me sentí transportado a su recuerdo, encaramado en los mansos lomos de Platero, percibí los rayos tibios que penetraban entre las ramas de los eucaliptos; olí el aroma que desprendían los lirios amarillos y el espliego; oí el rumor cantarín de las aguas que bajaban por el arroyuelo...
Desde uno de los balcones entreabiertos de una de aquellas casonas de la plazoleta, el sonido cautivador de la sonata Claro de Luna de Beethoven, nos volvió a la realidad.
-Las notas de ese piano son similares al color azul, nos da libertad para soñar, ¿te gusta la música?
-Sí, mi padre me lleva algunos domingos, tras la misa de diez, a escuchar la orquesta municipal; luego, compramos camarones y nos los comemos en la Punta del Sebo.
-Entonces, ¿eres de la capital?
-Sí, ¿y usted?
-Yo nací en Moguer, pero me acuerdo que siendo un jovencito me subía a la tapia del corral de un vecino, y desde allí contemplaba Huelva bañada en tonos dorados y marinos, comía los frutos que me daba la hija del Arreburra hasta que mi madre venía en mi busca...
-¿Siempre ha vivido aquí?
-No, tuve que irme.
-¿Por qué?
-Por que nunca estuve de acuerdo con la guerra civil que sufrió este país. Yo amo la libertad y siempre estaré a favor del pueblo, y aquellos oscuros años convirtieron mi patria en una jaula de llantos, amarguras y resentimientos. La libertad es el don más preciado que tiene un pueblo, cuando se pierde, se olvida la identidad de uno.
-¿Y dónde estuvo?
-En América.
-¿Con los indios igual que en las películas?
Su risa sonó clara y alegre ante mi ingenuo comentario.
-Te aseguro que en América no sólo hay indios, como tú los llamas, allí conviven personas que tienen la misma tez que la tuya, pero también hay negros, mestizos, asiáticos... y todos tratan de vivir respetándose los unos a los otros, aunque a veces también la intransigencia de unos cuantos no entienda de color de piel ni de razas.
Fascinado por sus palabras, comprendí que aquel señor de mirada sincera era alguien muy especial. A mi memoria de estudiante regresó un poema que había aprendido de aquel libro, prohibido, según me refiriera la tía Candela y que con su consentimiento examiné en el desván, sin que nadie más supiera de aquel presunto delito.

¡Cómo meciéndose en las copas de oro,
al manso viento, mi alma
me dice, libre, que soy todo!

-Usted es un poeta, ¿verdad?
-Sí -respondió con un ligero temblor en su voz-. La poesía lo es todo para mí, simboliza la belleza, la eternidad, el conocimiento... Yo no concibo nada sin ella.
Su mirada se perdió más allá de las puertas del convento de Santa Clara, advertí una cierta tristeza en su semblante huesudo y comprendí en aquellos breves instantes, de atronador silencio, que su memoria evocaba recuerdos nostálgicos; entre tanto, las farolas se encendieron ahuyentando a las tinieblas de aquel lugar; las palomillas nocturnas se adherían al cristal reclamando aquella claridad como un magnífico tesoro y los grillos comenzaban a rozar, con fuerza, sus élitros produciendo aquel sonido monótono y agudo que causaba desvelos en las madrugadas calurosas.
Las campanas volvieron a tañer quejumbrosas, esparciendo sus lastimosos quejidos por el aire. Él me miró y poniéndose su sombrero, expresó:
-¡Ya es tarde! Tu tía ha de estar preocupada, ¿dónde vive?
-En la plaza del Marqués...
-Yo vivo cerca, te acompañaré.
Asentí y ambos nos pusimos en pie. Caminamos lentamente bajo la chispeante luz del alumbrado público, varios lugareños nos saludaron, especialmente a mi nuevo amigo que respondió a aquella muestra de aprecio con una ligera inclinación de su cabeza y una sonrisa en los añosos labios. Un amigo del que aún no conocía siquiera su nombre, sólo sabía que escribía poesías y que amaba la libertad y a su municipio. Como si leyera mis pensamientos, me contempló fijamente y me dijo:
-Llevamos más de una hora conversando y todavía no sé tu nombre, ¿cómo te llamas, pequeño?
-Pablo, ¿y usted?
-Juan Ramón.
Un apretón de manos y varias carcajadas sellaron la naciente amistad, que en mi sueño sentí tan real como si la estuviera viviendo. Ya cerca de la vivienda de mi familiar, aquel distinguido caballero se paró y yo le imité. Tras los cristales de una tienda, en un caballete de madera, se exponía un cuadro; era un paisaje de Moguer y en éste se podía distinguir su campiña dorada, los pinos verdes y a varios campesinos andando al lado de un burro plateado que subía hacia la ermita de Montemayor. Pegué mi frente en el escaparate soportando la frialdad del mismo; sin embargo, no me importó. El colorido de aquella pintura me recordó a un fascinante día primaveral y hasta creí oler el romero y la mejorana que el jumento transportaba en un costal. El poeta murmuró, casi sin aliento, emocionado por vislumbrar aquella pequeña obra:
-Allá en una propiedad que se llama Fuentepiña, bajo el pino que la preside, está enterrado Platero... En aquel lugar, reposa su sueño eterno, oyendo el canto de los pájaros todos los días y feliz de que los lirios amarillos se extiendan por su sepultura y de que las mariposas jugueteen a su alrededor...
-Me gustaría ir alguna vez allí -pronuncié adoptado aquella mueca con la que conseguía casi todos mis caprichos.
Juan Ramón sonrió alborotándome los revueltos cabellos.
-Algún día iremos. -Prometió y comenzó a andar nuevamente.
Mi tía hablaba con una de sus comadres en la puerta de su casa, no parecía muy alarmada por mi tardanza, tenía un precioso ramo de rosas rojas y de heliotropos en sus brazos y parecía estar esperándonos. La hermana de mi abuelo era una apasionada de la poesía y admiraba sobre todo a aquel ilustre vecino de su pueblo.
-Buenas noches, don Juan Ramón. Musitó con una franca sonrisa.
-Buenas noches, Candela -contestó él sonriente-. Conocí a su sobrino y le puedo asegurar que es un muchacho despierto y simpático.
-Sí, aunque algo travieso.
-Como todos los niños... Bueno, jovencito, tengo que marcharme. Espero que no olvides lo que hemos hablado esta tarde noche.
-No, se lo prometo.
-Bien, una de estas mañanas cuando todavía el sol no sea tan fuerte, vendrás conmigo hasta Fuentepiña y nos sentaremos bajo la sombra del pino, allí te leeré uno de mis libros.
-¿Cuál?
-Platero y yo.
Asentí contento por aquella promesa. La tía Candela comentó:
-Tome usted, don Juan Ramón, estas flores son para su esposa.
-Muchas gracias, Candela. A Zenobia le encantan las rosas y los heliotropos.
Acarició con ternura las diminutas espigas azuladas y luego rozó con sus delgados dedos los pétalos encarnados. Se despidió con una cálida sonrisa y tanto la tía como yo le vimos alejarse con su andar lento y pausado.

Abrí los ojos y entonces como si todavía estuviera envuelto en mi sueño, oí en la lejanía el rebuzno de Platero; percibí la suave fragancia de los heliotropos y el perfume seductor de las rosas, advertí el murmullo del viento que, templado, susurraba nombres enmascarados por el tiempo. Ese tiempo que jamás podrá borrar las huellas del pasado, ni tampoco las palabras escritas por los genios de la literatura.
Volví a Moguer, anduve por sus calles adoquinadas, por esas que impregnan miles de historias de marineros y de descubridores, visité los lugares colombinos y estuve en la casa-museo de Juan Ramón Jiménez. Allí ante sus enseres personales, le prometí que haría lo posible para que todos conocieran a ese Juan Ramón humano, sensible y amante de la libertad que en el pasado algunos trataron de ocultar. Así que he plasmado en estas páginas mi sueño, sea real o irreal es lo que menos importa, la obra de este moguereño universal sí que permanecerá a través de los siglos intacta en nuestras mentes y esta ciudad blanca, de rincones sorprendentes, de gentes afectuosas, eternamente aparecerá unida a su poesía, como él dijera: “te llevaré Moguer a todos los lugares y a todos los tiempos. Serás por mí, ¡pobre pueblo mío! A despecho de los logreros, inmortal”.
   

SiraFer
SiraFer
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Miércoles 22 Oct 2008, 16:10   Post #165151  Responder citando
 
Con este relato quedé finalista en un Certamen Internacional de relatos cortos. Espero que os guste. Besos a todos.

EL BAÚL DE LOS RECUERDOS

Habían pasado muchos años desde la última vez que estuve en aquel caserón. Los recuerdos se agolparon, de repente, en mi mente y una cierta añoranza me hizo sentir culpable. ¿Por qué nos habíamos distanciado mi madre y yo? Ahora no me acuerdo del motivo, pero me marché y no volví a pisar el suelo de la antiquísima casa familiar donde nací, ni hablé con Ana (la mujer que me había dado el ser), desde entonces.
La tía Paula siempre residió con nosotras, con sus excentricidades y sus inseparables gatos; ajena a los enojos, a las desilusiones y a todo lo que no fuera su mundo de cuentos de hadas. Muchos decían que era una vieja chiflada que vivía permanentemente en aquel universo de sueños porque nunca halló su verdadera posición en la familia Ayala, pero yo no lo creo así; simplemente, Paula era una romántica.
Mi madre fue la menor y la más madura. La tía continuamente necesitaba la fortaleza de su hermana pequeña para seguir viviendo y entre ellas se creó una alianza tan fuerte que ese vínculo no se rompió ni siquiera al casarse Ana. Los nuevos esposos se mudaron a la solariega vivienda donde residían la abuela Irene y su hija soltera, y después nací yo. Sin embargo, la felicidad nunca es completa, mi padre murió al poco tiempo; así que crecí en un ambiente femenino sin la presencia de un hombre que se opusiera a mi díscolo carácter y eso me marcó de alguna forma.
Un suspiro escapó de mis labios al contemplar aquella enorme sala, donde tantas veces jugué a ser una de aquellas heroínas que, en mi imaginación, siempre resultaban victoriosas; el olor de las flores frescas permanecía flotando en el ambiente, como de costumbre, y los rayos del sol acariciaban los viejos muebles al penetrar por los entreabiertos balcones; allí, estaba la desvencijada cómoda con sus pomos de nácar y sus carcomidos cajones; los sillones de tela desgastada, la impresionante mesa de cedro y el baúl. Tía Paula y uno de sus devotos felinos se pararon a unos pocos centímetros de mí. Ella habló:
-Ahí, Irene, está todo.
La miré y sólo entonces me di cuenta de mi egoísmo. La tía se ayudaba de un bastón para caminar; su delicada piel de juventud, ahora se hallaba macilenta y sus hermosos ojos negros habían perdido aquel brillo del que tanto presumía. Es verdad que una chica las cuidaba desde hacía diez años, pero yo me había mantenido alejada de sus vidas por culpa de una absurda discusión. ¿Por qué los adultos a veces nos comportamos como críos? No obtuve ninguna respuesta a mi estupidez.
Varias semanas antes la tía, en un arranque de valentía, se había puesto en contacto conmigo y me había revelado que mi madre se hallaba en la fase terminal de esa terrible enfermedad llamada alzheimer. Lo que sentí en ese momento no lo puedo expresar con palabras: el miedo, la impotencia, la angustia y el arrepentimiento nublaron mi mente por unos segundos, y sé que palidecí y que mis colaboradores se asustaron muchísimo. Hoy las lágrimas, que derramé al saber dicha noticia, se agolpan nuevamente en mis marchitos ojos; pero no quiero que ella me vea llorar, ahora tengo que ser fuerte. Acaricié el baúl. Un temblor desconocido se apoderó de mi mano al girar la pestañita que abriría aquel arcón; mientras, la tía Paula me observaba tras sentarse en una de las mecedoras, el rictus de su arrugada tez era de pesar, aunque nunca sería capaz de enojarse con su única sobrina. “Casanova”, su fiel persa, se acurrucó en sus delgados muslos sintiendo la calidez de su ama sin hacernos caso.
El aroma a espliego me dio la bienvenida, su gratificante esencia desenterró recuerdos de mi infancia y también los motivos por los que Ana Ayala había guardado aquellas cosas en él. Allí perfectamente ordenados había ropitas de bebé, cuadernos infantiles, un viejo álbum de fotografías, recortes de periódico, debidamente encuadernados en los que yo salía, y mis libros, mis manoseados libros de juventud que creí haber perdido tras la Universidad. Pero lo que verdaderamente me emocionó fue encontrar un sobre de color amarillo con mi nombre. Conmovida lo abrí, la preciosa letra de mi madre apareció ante mi llorosa mirada.

“Querida hija:
Si alguna vez lees esta carta, será porque mi hermana me habrá desobedecido y te habrá dicho que padezco alzheimer, una enfermedad que con sólo nombrarla, asusta. No quiero, Irene, que te sientas culpable por no haber estado junto a mí en estos aterradores momentos, sé que me quieres y aunque estemos separadas en estos instantes de nuestras vidas, al final el cariño y el afecto vencerán a lo absurdo. En este día, he comenzado a guardar en este baúl todos mis recuerdos que siempre irán enlazados a los tuyos, pues me asusta sobre todo olvidarme de ti. Este viejo arcón será mi memoria, mi cerebro y en él se mantendrán vivos todos mis pensamientos y mi amor de madre. No olvides, hija querida, que siempre te querré.”

Cogí una de aquellas fotografías en las que Ana Ayala me sonreía manifestando todo su esplendor juvenil, y la acaricié sin poder contener las lágrimas que resbalaron por mis mejillas. La tía se levantó con parsimonia y luego, me abrazó. Diez minutos después, subí los peldaños que me conducirían a la habitación de mi madre. Abrí la puerta lentamente y me acerqué a su cama con esa calma que había asimilado tras años de aprendizaje en mi carrera política. Una brisa agradable movía las cortinas de encaje y las rosas inundaban con su maravillosa fragancia aquel cuarto, una tímida sonrisa apareció en mis labios al ver el retrato de mi boda, los de mis hijos y el de mi nieto en un lugar privilegiado de aquel señorial cuarto. Me senté junto a la cama y acaricié sus pálidos pómulos, la anciana que allí se consumía, poco a poco, no se parecía en nada a la enérgica y vital madre que yo recordaba. Suspiré pidiéndole a Dios o a quien fuera que ella no sufriera más. Sonó inesperadamente el móvil y, con un gesto de impaciencia, lo desconecté.
-¡Les dije que no me llamaran, que no estaba para nadie! –exclamé enfurecida.
Ana abrió sus pesados párpados y me miró.
-Lo siento, mamá. Eran de mi despacho, pero no te preocupes, No volverá a ocurrir.
Me tendí junto a su cálido y escuálido cuerpo y la rodeé con mis brazos. Ana Ayala abrió sus labios y pesadamente, murmuró:
-Madre, no me dejes...
Me estremecí al escuchar aquellas palabras, ¡ella creía que yo era la abuela Irene! Le pedí perdón por aquellos años de alejamiento, por mi ingratitud y, principalmente, por la soledad que había tenido que experimentar por mi culpa.
-Sí, hija, siempre estaré contigo -le contesté abrazándola aún más.
Ana suspiró y con una débil mueca, parecida a una sonrisa, volvió a entornar sus ojos con serenidad. La tía Paula, que nos había estado espiando, cerró la puerta de la habitación con cuidado y encaminó sus lentos pasos hacia el salón. “Casanova” la siguió moviendo su cola.
   

Atlantida
Atlantida
Mensajes: 4363

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Miércoles 22 Oct 2008, 16:12   Post #165155  Responder citando
 
Muy bonito,Sirafer. Felicidades por el hilo y por tu arte.

Saluditos.
   

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