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El rincón de SiraFer

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Ross_
Ross_
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Jueves 02 Jul 2009, 16:07   Post #565371  Responder citando
 

Una vez registrado
me dio por mandarle ayer
un inocente privado
a vuestra querida Sirafer.

No tardó en contestarme
con exquisita educación
para luego invitarme
a su acogedor rincón.

Desde un primer momento
descubro que su autora
se presenta como escritora
de ahí este torpe intento
por cuadrar palabras y acentos.
   

SiraFer
SiraFer
Mensajes: 668

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Jueves 02 Jul 2009, 16:21   Post #565400  Responder citando
 
¡Hola, Ross!

Bienvenido a mi rincón, paisano. ¡Me ha encantado tu poesía! Muchísimas gracias y ya sabes, escribe cuando quieras. Besos.
   

SiraFer
SiraFer
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Viernes 03 Jul 2009, 12:36   Post #566454  Responder citando
 
¡Queridos amig@s!

Estoy muy feliz porque acabo de recibir una fantástica noticia. He conseguido una 1ª mención con un relato de viajes. La historia se titula Istanbul y el concurso en el que participaba es el Premio Eduardo de Literatura de Umbrales Ediciones. Participaban 131 concursantes, así que estoy muy contenta. Besos y os pongo aquí el relato:

ISTANBUL

Alicia Sotomayor siempre deseó volver... Sus recuerdos de la niñez estaban vinculados a Estambul y a sus gentes. Su padre había tenido un importante cargo en aquella inmensa metrópoli y ella había crecido en un ambiente multicultural que la animó a estudiar las diferentes culturas del mundo y también a sentir una gran pasión por todas aquellas civilizaciones. Cuando sus progenitores le dijeron que tenían que marcharse de Turquía, Alicia lloró amargamente porque durante diez años aquel país había sido su hogar y allí estaban todos sus amigos; sin embargo, pronto encontró otras amistades y se adaptó a su nueva vida en Madrid. Estudió la carrera de Historia del Arte y tras licenciarse empezó a dar clases en la Complutense. Su vida transcurrió monótona hasta aquel día en el que recibió una carta. Alicia no se lo pensó dos veces, hizo las maletas y regresó a Istanbul, la ciudad de sus sueños.
Después de tomar una ducha refrescante, bajó hasta el hall del hotel y miró su reloj: aún quedaban cinco horas para la cita convenida y lo que más le apetecía en aquel momento era recorrer aquellos lugares que tanta añoranza le provocaban, así que le entregó al amable recepcionista la llave de su habitación y éste le volvió a desear una feliz estancia sonriéndole de forma seductora.
Desde el mirador de la torre Gálata contempló, extasiada, el Bósforo, el mar de Mármara y el Cuerno de oro… La última vez que había estado en aquella atalaya la habían acompañado Akin y su abuelo Ashraf y las risas no habían cesado en ningún momento. El hombre les contó que los genoveses la construyeron allá por el siglo XIV y que ésta había servido para protegerles de los ataques de Bizancio, luego había sido utilizada como prisión, más tarde como observatorio e incluso como torre de vigilancia de incendios. Sus pueriles mentes inventaron decenas de historias durante interminables semanas y Ashraf Ertük disfrutó con sus juegos… Suspiró al recordar su infancia y sin apenas darse cuenta, su mente la transportó a aquella maravillosa época…
“Sólo tenía ocho años cuando su padre, Jacobo Sotomayor, fue nombrado primer secretario de la embajada española en Estambul. La familia al completo viajó hasta aquella grandiosa megalópolis enclavada privilegiadamente entre dos continentes: Europa y Asia. Se instalaron en una preciosa vivienda sita en la zona europea y pronto Marta, su madre, y sus hermanas pequeñas, Cristina y Verónica, se adaptaron, igual que ella, a las costumbres de aquel país. En aquella casa conoció al que sería su mayor compinche de aventuras y de travesuras: Akin Ertük.
Akin tenía su misma edad y era el primogénito del matrimonio Ertük. Leylak era la cocinera y Adil el chófer de su progenitor. La pareja turca hablaba correctamente el español y por eso el idioma nunca fue un impedimento para comunicarse entre ellos. No obstante, para estar en igualdad de condiciones, Marta insistió en aprender el turco y que sus hijas, de igual forma, recibieran aquellas clases. Un año después, en el hogar de los Sotomayor se expresaban en las dos lenguas. Alicia también enseñaba a su amigo el inglés que aprendía en el colegio Internacional donde cursaba sus estudios, ya que él decía que en su escuela iban demasiado lento… Los dos se divertían muchísimo leyendo los libros de lectura inglesa que después traducían a sus idiomas maternos. Sin embargo, lo que más les gustaba a ambos era ir con Ashraf, el abuelo de Akin, por la ciudad. El hombre les explicaba las leyendas de su pueblo con muchísima paciencia y siempre con una sonrisa en sus labios.
-¿Por qué la llamaron Constantinopla? –le preguntó en una ocasión Alicia mientras degustaban los famosos helados de Maras en una heladería.
Ashraf le contestó con voz pausada y afectuosa:
-Porque Estambul fue codiciada durante muchos siglos por grandes estados... Primero fueron los griegos quienes se asentaron en esta tierra y la llamaron Bizancio; luego, persas, espartanos, macedonios y romanos la conquistaron y fue el emperador de Roma, Constantino, quien la convirtió en la capital de todo el Imperio... Por eso le pusieron Constantinopla, en su honor…
-¿Y cuándo se llamó como hoy la conocemos, abuelo? –inquirió Akin mirándole fijamente con sus almendrados ojos oscuros.
-Los otomanos y su sultán, el gran Mehmed II, la denominaron Istanbul allá en el siglo XV y desde entonces así es conocida…
-¿Por qué los musulmanes odian a los cristianos, Ashraf? –le preguntó de repente Alicia sorprendiéndole.
-¿Quién dijo eso, pequeña?
-La señora que vive en la casona de ladrillos rojos…
-Yo soy musulmán y Akin, tu amigo, también. ¿Crees que nosotros te odiamos?
Ella negó con un gesto de su morena cabeza y lo miró fijamente con sus expresivos ojos verdes. El adulto le sonrió con dulzura.
-Quien habló de esa forma no es honesta consigo misma ni tampoco respeta a sus semejantes… Recuerda esto que te digo y podrás vivir en armonía con todo aquel que piense distinto a ti.
-¡Qué tontería pelearse si todos somos iguales! ¿Verdad?
-Sí, hija, todos somos iguales ante el Creador… -le respondió alegre, luego les instó a que terminaran de comer sus helados, pues a las cinco en punto abrirían las puertas del museo que esa tarde visitarían…”
Alicia sonrió. El piar de los pájaros que sobrevolaban el cielo azul, la hizo volver al presente. Sin embargo, aquellas frases que Ashraf Ertük le manifestara se grabaron en su memoria para siempre y le servían, en la actualidad, para fomentar la tolerancia y el respeto entre sus alumnos de la facultad. Bajó por el ascensor de la torre y decidió almorzar en una terraza a orillas del Bósforo. Su menú consistió en: lüfer, pescado azul, dolmas, hojas de parras rellenas de arroz, lokum, un dulce típico turco, y bebió sahlep, una bebida hecha con raíz de orquídeas… Más tarde, visitó la Basílica de Santa Sofía, el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul y el Gran Bazar. Al entrar en aquel enorme edificio de laberínticas callejuelas, su mente retrocedió nuevamente al pasado… “-El Fatih Mehmet II fue quien lo fundó…
Alicia y Akin dejaron escapar silbidos de asombro. Sus ojos se agrandaron al percibir la mezcolanza de colores, olores y sensaciones que pululaban por aquel emblemático inmueble. Los vendedores de alfombras regateaban con los compradores en una de las calles; en otras, los gritos de los curtidores de piel se mezclaban con la de los joyeros llamando a los clientes… Akin fue el primero en hablar:
-Mi madre nunca me trajo tan temprano al Gran Bazar, abuelo…
-Lo sé, hijo, pero yo quería que Alicia y tú lo vierais en todo su esplendor… A primera hora es cuando se hacen las mejores compras y además los comerciantes ofrecen sus principales productos a la clientela…
-¡Me encanta, abuelo Ashraf! –exclamó la niña riendo-. ¿También se venden aquí especias?
-No, hija, el Bazar de las Especias se halla en el antiguo barrio de los judíos… Pasado mañana pasearemos por aquella zona y compraremos las que Leylak, mi nuera, necesite para cocinar…
-¿Y también veremos a los músicos, abuelo? –le inquirió Akin expectante.
-Sí, hijo, escucharemos a los gitanos en la plaza y luego iremos al local de mi amigo Yüksel. Sé que habrá un recital de música clásica con instrumentos representativos del país… Oiremos piezas tocadas con el ud, el saz, el ney, la darbuka, el kanun…
-¡Qué bien, abuelo! –gritaron al unísono los dos jovencitos.
Ashraf Ertük soltó varias carcajadas…”
Alicia miró su reloj y suspiró. Había quedado con Akin en una famosa cafetería de la calle Istiklal. Él la estaba esperando y se levantó rápidamente de la mesa que ocupaba con una gran sonrisa en sus labios. Su abrazo pareció durar una eternidad y cuando ambos se separaron no pudieron más que reír.
-Estás guapísima, Ali.
La española sonrió al escuchar el diminutivo con el que su amigo la llamaba desde la infancia.
-Tú no has cambiado nada, Akin. Sigues siendo el mismo chico encantador y cariñoso que yo conocí… Bueno, te has convertido en un famoso escritor…
-Tengo treinta y cinco años, algunas canas y dos hijas… -Sonrió dejando entrever su dentadura de nácar-, y cuando Kayra y Seher me dejan, soy novelista.
-Yo también los cumplí hace poco, pero no tengo hijos.
-¿Por qué? Te había imaginado rodeada de niños y formando una gran familia…
-No lo sé, Akin. Mi trabajo me llena por completo y no tengo tiempo de pensar en pañales y biberones… Puede que en un futuro me plantee adoptar una criatura o ser madre soltera… Ya veré… Por ahora me conformo con hacer regalos a mis sobrinos y a consentirlos, por eso soy su tía favorita…
Akin rió y ella le imitó. Después la conversación giró en torno a sus respectivos padres mientras merendaban té de escaramujo, panecillos con mermelada de rosas y baklavas rellenos de nueces, almendras y cremas.
-Come dulce y habla dulce… -habló Alicia tras masticar el crujiente bollito.
-Mi abuelo era un hombre muy sabio y te quería muchísimo, Ali.
-Lo sé, Akin, yo también le quería. Ashraf influyó mucho en mi forma de pensar y sé que todo lo que he conseguido en esta vida, en parte se lo debo a él. Te juro que lloré mucho su muerte…
El hombre asintió.
-Se acordó de ti antes de morir… Akin sacó un pequeño estuche azul de su chaqueta y se lo entregó.
Alicia no pudo contener las lágrimas al ver la joya que resguardaba aquella cajita. El ojo del azar, símbolo de Turquía, tenía un gran significado para ella. Sacó el colgante y se lo puso muy emocionada.
-¿Te acuerdas cuando te lo regaló?
-Sí, no lo olvidaré jamás. Yo lo vi en el escaparate de una joyería del Gran Bazar y me lo compró al instante. Luego fuimos a una tetería de Tophane… Mientras él y Yüksel fumaban narguile, nosotros jugábamos a imitarles…
-Sí. –Río el autor del último betseller más vendido en Europa y Estados Unidos-. Mi abuelo y su camarada fumaban tabaco aromático en la pipa de agua y nosotros soplábamos por la boquilla y hacíamos burbujas… ¡Qué tiempos aquellos!
-Fueron fabulosos.
-Sí, tienes razón. Lo que no entiendo, Ali, es por qué le devolviste al abuelo el regalo que te hizo… -comentó Akin señalándole la plateada presea.
-Ashraf y yo hicimos un trato. Él guardaría el ojo del azar hasta que yo regresara de nuevo a Istanbul… La pena es que no lo hice antes… -Suspiró triste.
Akin apretó cariñosamente la mano femenina y, a continuación, dijo:
-El abuelo sabía que tarde o temprano volverías… Por cierto, ¿en qué hotel estás?
-En el Anemon Gálata.
-Pues ahora mismo vamos hasta allá y cancelamos el registro de la habitación…
-Pero…
-Ali no voy a permitir que estés en un hotel. Mi esposa Meryem y mis niñas están deseando conocerte… Así que no voy a aceptar un no por respuesta. Ya sabes que soy muy tozudo.
-Sí, lo sé.-Rió Alicia y asintió feliz.
Mientras caminaban hacia la plaza Taksim, para subir al tranvía, la luna hizo su aparición en el firmamento y en la lejanía se oyó el sonido envolvente y mágico del ney…
   

illariy
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Viernes 03 Jul 2009, 14:35   Post #566599  Responder citando
 
SiraFer escribió:
¡Queridos amig@s!

Estoy muy feliz porque acabo de recibir una fantástica noticia. He conseguido una 1ª mención con un relato de viajes. La historia se titula Istanbul y el concurso en el que participaba es el Premio Eduardo de Literatura de Umbrales Ediciones. Participaban 131 concursantes, así que estoy muy contenta. Besos y os pongo aquí el relato:

ISTANBUL

Alicia Sotomayor siempre deseó volver... Sus recuerdos de la niñez estaban vinculados a Estambul y a sus gentes. Su padre había tenido un importante cargo en aquella inmensa metrópoli y ella había crecido en un ambiente multicultural que la animó a estudiar las diferentes culturas del mundo y también a sentir una gran pasión por todas aquellas civilizaciones. Cuando sus progenitores le dijeron que tenían que marcharse de Turquía, Alicia lloró amargamente porque durante diez años aquel país había sido su hogar y allí estaban todos sus amigos; sin embargo, pronto encontró otras amistades y se adaptó a su nueva vida en Madrid. Estudió la carrera de Historia del Arte y tras licenciarse empezó a dar clases en la Complutense. Su vida transcurrió monótona hasta aquel día en el que recibió una carta. Alicia no se lo pensó dos veces, hizo las maletas y regresó a Istanbul, la ciudad de sus sueños.
Después de tomar una ducha refrescante, bajó hasta el hall del hotel y miró su reloj: aún quedaban cinco horas para la cita convenida y lo que más le apetecía en aquel momento era recorrer aquellos lugares que tanta añoranza le provocaban, así que le entregó al amable recepcionista la llave de su habitación y éste le volvió a desear una feliz estancia sonriéndole de forma seductora.
Desde el mirador de la torre Gálata contempló, extasiada, el Bósforo, el mar de Mármara y el Cuerno de oro… La última vez que había estado en aquella atalaya la habían acompañado Akin y su abuelo Ashraf y las risas no habían cesado en ningún momento. El hombre les contó que los genoveses la construyeron allá por el siglo XIV y que ésta había servido para protegerles de los ataques de Bizancio, luego había sido utilizada como prisión, más tarde como observatorio e incluso como torre de vigilancia de incendios. Sus pueriles mentes inventaron decenas de historias durante interminables semanas y Ashraf Ertük disfrutó con sus juegos… Suspiró al recordar su infancia y sin apenas darse cuenta, su mente la transportó a aquella maravillosa época…
“Sólo tenía ocho años cuando su padre, Jacobo Sotomayor, fue nombrado primer secretario de la embajada española en Estambul. La familia al completo viajó hasta aquella grandiosa megalópolis enclavada privilegiadamente entre dos continentes: Europa y Asia. Se instalaron en una preciosa vivienda sita en la zona europea y pronto Marta, su madre, y sus hermanas pequeñas, Cristina y Verónica, se adaptaron, igual que ella, a las costumbres de aquel país. En aquella casa conoció al que sería su mayor compinche de aventuras y de travesuras: Akin Ertük.
Akin tenía su misma edad y era el primogénito del matrimonio Ertük. Leylak era la cocinera y Adil el chófer de su progenitor. La pareja turca hablaba correctamente el español y por eso el idioma nunca fue un impedimento para comunicarse entre ellos. No obstante, para estar en igualdad de condiciones, Marta insistió en aprender el turco y que sus hijas, de igual forma, recibieran aquellas clases. Un año después, en el hogar de los Sotomayor se expresaban en las dos lenguas. Alicia también enseñaba a su amigo el inglés que aprendía en el colegio Internacional donde cursaba sus estudios, ya que él decía que en su escuela iban demasiado lento… Los dos se divertían muchísimo leyendo los libros de lectura inglesa que después traducían a sus idiomas maternos. Sin embargo, lo que más les gustaba a ambos era ir con Ashraf, el abuelo de Akin, por la ciudad. El hombre les explicaba las leyendas de su pueblo con muchísima paciencia y siempre con una sonrisa en sus labios.
-¿Por qué la llamaron Constantinopla? –le preguntó en una ocasión Alicia mientras degustaban los famosos helados de Maras en una heladería.
Ashraf le contestó con voz pausada y afectuosa:
-Porque Estambul fue codiciada durante muchos siglos por grandes estados... Primero fueron los griegos quienes se asentaron en esta tierra y la llamaron Bizancio; luego, persas, espartanos, macedonios y romanos la conquistaron y fue el emperador de Roma, Constantino, quien la convirtió en la capital de todo el Imperio... Por eso le pusieron Constantinopla, en su honor…
-¿Y cuándo se llamó como hoy la conocemos, abuelo? –inquirió Akin mirándole fijamente con sus almendrados ojos oscuros.
-Los otomanos y su sultán, el gran Mehmed II, la denominaron Istanbul allá en el siglo XV y desde entonces así es conocida…
-¿Por qué los musulmanes odian a los cristianos, Ashraf? –le preguntó de repente Alicia sorprendiéndole.
-¿Quién dijo eso, pequeña?
-La señora que vive en la casona de ladrillos rojos…
-Yo soy musulmán y Akin, tu amigo, también. ¿Crees que nosotros te odiamos?
Ella negó con un gesto de su morena cabeza y lo miró fijamente con sus expresivos ojos verdes. El adulto le sonrió con dulzura.
-Quien habló de esa forma no es honesta consigo misma ni tampoco respeta a sus semejantes… Recuerda esto que te digo y podrás vivir en armonía con todo aquel que piense distinto a ti.
-¡Qué tontería pelearse si todos somos iguales! ¿Verdad?
-Sí, hija, todos somos iguales ante el Creador… -le respondió alegre, luego les instó a que terminaran de comer sus helados, pues a las cinco en punto abrirían las puertas del museo que esa tarde visitarían…”
Alicia sonrió. El piar de los pájaros que sobrevolaban el cielo azul, la hizo volver al presente. Sin embargo, aquellas frases que Ashraf Ertük le manifestara se grabaron en su memoria para siempre y le servían, en la actualidad, para fomentar la tolerancia y el respeto entre sus alumnos de la facultad. Bajó por el ascensor de la torre y decidió almorzar en una terraza a orillas del Bósforo. Su menú consistió en: lüfer, pescado azul, dolmas, hojas de parras rellenas de arroz, lokum, un dulce típico turco, y bebió sahlep, una bebida hecha con raíz de orquídeas… Más tarde, visitó la Basílica de Santa Sofía, el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul y el Gran Bazar. Al entrar en aquel enorme edificio de laberínticas callejuelas, su mente retrocedió nuevamente al pasado… “-El Fatih Mehmet II fue quien lo fundó…
Alicia y Akin dejaron escapar silbidos de asombro. Sus ojos se agrandaron al percibir la mezcolanza de colores, olores y sensaciones que pululaban por aquel emblemático inmueble. Los vendedores de alfombras regateaban con los compradores en una de las calles; en otras, los gritos de los curtidores de piel se mezclaban con la de los joyeros llamando a los clientes… Akin fue el primero en hablar:
-Mi madre nunca me trajo tan temprano al Gran Bazar, abuelo…
-Lo sé, hijo, pero yo quería que Alicia y tú lo vierais en todo su esplendor… A primera hora es cuando se hacen las mejores compras y además los comerciantes ofrecen sus principales productos a la clientela…
-¡Me encanta, abuelo Ashraf! –exclamó la niña riendo-. ¿También se venden aquí especias?
-No, hija, el Bazar de las Especias se halla en el antiguo barrio de los judíos… Pasado mañana pasearemos por aquella zona y compraremos las que Leylak, mi nuera, necesite para cocinar…
-¿Y también veremos a los músicos, abuelo? –le inquirió Akin expectante.
-Sí, hijo, escucharemos a los gitanos en la plaza y luego iremos al local de mi amigo Yüksel. Sé que habrá un recital de música clásica con instrumentos representativos del país… Oiremos piezas tocadas con el ud, el saz, el ney, la darbuka, el kanun…
-¡Qué bien, abuelo! –gritaron al unísono los dos jovencitos.
Ashraf Ertük soltó varias carcajadas…”
Alicia miró su reloj y suspiró. Había quedado con Akin en una famosa cafetería de la calle Istiklal. Él la estaba esperando y se levantó rápidamente de la mesa que ocupaba con una gran sonrisa en sus labios. Su abrazo pareció durar una eternidad y cuando ambos se separaron no pudieron más que reír.
-Estás guapísima, Ali.
La española sonrió al escuchar el diminutivo con el que su amigo la llamaba desde la infancia.
-Tú no has cambiado nada, Akin. Sigues siendo el mismo chico encantador y cariñoso que yo conocí… Bueno, te has convertido en un famoso escritor…
-Tengo treinta y cinco años, algunas canas y dos hijas… -Sonrió dejando entrever su dentadura de nácar-, y cuando Kayra y Seher me dejan, soy novelista.
-Yo también los cumplí hace poco, pero no tengo hijos.
-¿Por qué? Te había imaginado rodeada de niños y formando una gran familia…
-No lo sé, Akin. Mi trabajo me llena por completo y no tengo tiempo de pensar en pañales y biberones… Puede que en un futuro me plantee adoptar una criatura o ser madre soltera… Ya veré… Por ahora me conformo con hacer regalos a mis sobrinos y a consentirlos, por eso soy su tía favorita…
Akin rió y ella le imitó. Después la conversación giró en torno a sus respectivos padres mientras merendaban té de escaramujo, panecillos con mermelada de rosas y baklavas rellenos de nueces, almendras y cremas.
-Come dulce y habla dulce… -habló Alicia tras masticar el crujiente bollito.
-Mi abuelo era un hombre muy sabio y te quería muchísimo, Ali.
-Lo sé, Akin, yo también le quería. Ashraf influyó mucho en mi forma de pensar y sé que todo lo que he conseguido en esta vida, en parte se lo debo a él. Te juro que lloré mucho su muerte…
El hombre asintió.
-Se acordó de ti antes de morir… Akin sacó un pequeño estuche azul de su chaqueta y se lo entregó.
Alicia no pudo contener las lágrimas al ver la joya que resguardaba aquella cajita. El ojo del azar, símbolo de Turquía, tenía un gran significado para ella. Sacó el colgante y se lo puso muy emocionada.
-¿Te acuerdas cuando te lo regaló?
-Sí, no lo olvidaré jamás. Yo lo vi en el escaparate de una joyería del Gran Bazar y me lo compró al instante. Luego fuimos a una tetería de Tophane… Mientras él y Yüksel fumaban narguile, nosotros jugábamos a imitarles…
-Sí. –Río el autor del último betseller más vendido en Europa y Estados Unidos-. Mi abuelo y su camarada fumaban tabaco aromático en la pipa de agua y nosotros soplábamos por la boquilla y hacíamos burbujas… ¡Qué tiempos aquellos!
-Fueron fabulosos.
-Sí, tienes razón. Lo que no entiendo, Ali, es por qué le devolviste al abuelo el regalo que te hizo… -comentó Akin señalándole la plateada presea.
-Ashraf y yo hicimos un trato. Él guardaría el ojo del azar hasta que yo regresara de nuevo a Istanbul… La pena es que no lo hice antes… -Suspiró triste.
Akin apretó cariñosamente la mano femenina y, a continuación, dijo:
-El abuelo sabía que tarde o temprano volverías… Por cierto, ¿en qué hotel estás?
-En el Anemon Gálata.
-Pues ahora mismo vamos hasta allá y cancelamos el registro de la habitación…
-Pero…
-Ali no voy a permitir que estés en un hotel. Mi esposa Meryem y mis niñas están deseando conocerte… Así que no voy a aceptar un no por respuesta. Ya sabes que soy muy tozudo.
-Sí, lo sé.-Rió Alicia y asintió feliz.
Mientras caminaban hacia la plaza Taksim, para subir al tranvía, la luna hizo su aparición en el firmamento y en la lejanía se oyó el sonido envolvente y mágico del ney…


SiraFer, felicitaciones!!!! pero mujer como no ibas a recibir esa primera mención, el relato está bellísimo, me encantó!!! te felicito de nuevo por los logros que vas alcanzando, de verdad te lo mereces, escribes muy bien, tu poesía y prosa son excelentes, no hay duda eres una grande en este género.

Estas flores son para ti con mucho cariño y sigue adelante!!!!
   

SiraFer
SiraFer
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Viernes 03 Jul 2009, 16:23   Post #566730  Responder citando
 
¡Hola, Illariy!

Muchísimas gracias, guapa. Me han encantado las flores y también me alegro muchísimo que te haya gustado el relato. Besos.
   

SiraFer
SiraFer
Mensajes: 668

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Sábado 11 Jul 2009, 16:17   Post #579861  Responder citando
 
¡Hola, amig@!

Nos quejamos de esta crisis que nos achucha por todos lados, pero hay personas que la sufren constantemente...

CRISIS
Todas las mañanas, Iluminada, la mendiga, se retoca los labios con el resto de carmín que encontró en la basura. Se mira en el escaparate del ultramarinos y endereza su encorvada espalda poniéndose, con gesto coqueto, el sombrerito de fieltro, ése que alguien olvidó en uno de los bancos del parque… Después camina por la avenida arrastrando el carrito donde atesora los recuerdos de toda una vida…
Ve a varios ejecutivos que hablan en la calle. Ambos se quejan de una tal crisis, del paro, de las hipotecas, de la hipocresía de los políticos… Iluminada les interrumpe diciendo:
-Yo como gracias a la Cruz Roja, a veces duermo en un albergue, paso frío en el invierno, calor en verano… ¿Crisis? Los mendigos vivimos diariamente con ella…
Los dos hombres, atónitos, observan a la indigente que, con paso lento, empuja su permanente crisis por las aceras…
   

Eliseba
Eliseba
Mensajes: 80

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Martes 14 Jul 2009, 21:41   Post #584569  Responder citando
 
¡Hola Sira!

¡¡¡Muchas felicidades, guapísima!!!! Yo lo sabía... Poquito a poco estás consiguiendo lo que te mereces. Espero que pronto nos dé el notición de que ganes algún concurso o que te publiquen algunas de tus novelas.

Me encantó el relato Istanbul, ya te lo dije la primera vez que lo leí y el microrrelato Crisis, me ha impactado por su crudeza y realidad. Besos y sigue por ese camino.
   

Eliseba
Eliseba
Mensajes: 80

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Martes 14 Jul 2009, 21:42   Post #584572  Responder citando
 
Ah, se me olvidó poner este regalito, y otra vez MUCHAS FELICIDADES!!!!!!!!


   

SiraFer
SiraFer
Mensajes: 668

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Jueves 16 Jul 2009, 17:29   Post #587123  Responder citando
 
Eliseba escribió:
¡Hola Sira!

¡¡¡Muchas felicidades, guapísima!!!! Yo lo sabía... Poquito a poco estás consiguiendo lo que te mereces. Espero que pronto nos dé el notición de que ganes algún concurso o que te publiquen algunas de tus novelas.

Me encantó el relato Istanbul, ya te lo dije la primera vez que lo leí y el microrrelato Crisis, me ha impactado por su crudeza y realidad. Besos y sigue por ese camino.


¡Hola, Eli!

Muchísimas gracias, guapa. Eres un encanto. Besos.

Ah, me encantó la tarta de chocolate!
   

SiraFer
SiraFer
Mensajes: 668

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Miércoles 22 Jul 2009, 11:51   Post #595270  Responder citando
 
¡Hola, amig@s!

¿Qué tal llevais estos calores? Yo pronto me voy de vacaciones, así que estaré un tiempo sin pasarme por el foro... Os dejo aquí un cuento en el que los deseos tienen un protagonismo principal... Un beso y hasta la vuelta.

EL COLECCIONISTA DE DESEOS

Nunca había estado en un lugar tan lúgubre como aquel. El tiempo parecía haberse detenido en los agrietados muros y la herrumbre hacía lustros que se había apoderado de los viejos muebles y de las numerosas estanterías en las que se apilaban centenares de recipientes de colores. Del techo colgaba una aparatosa araña de cristal, que antaño debió ser magnífica, sin embargo, ahora se contentaba con tintinear sus escasos cristales al irrumpir el viento por las rendijas de la puerta.
El dueño de aquel establecimiento no levantó la vista del libro en el que escribía, ni siquiera al oír las campanitas que anunciaban la llegada de un nuevo cliente. La luz de una pequeña lamparita de gas proyectaba grotescas formas en la pared del fondo y sólo cuando carraspeé, alzó su nevada cabeza y se le iluminó el rostro con una sonrisa hipócrita y a la vez cautivadora. Cerró el tomo en el que anotaba sus impresiones y luego habló:
-¿En qué puedo ayudarte, jovencito?
Yo apenas podía contener el nerviosismo, mas no tenía otro sitio a donde ir… Los Bancos y las Casas de Empeño jamás me harían caso... Yo soy un niño y a los niños no se les conceden préstamos…
-Me dijeron que usted compra los deseos de…
-No, hijo, yo no los compro… -habló interrumpiendo mis palabras-. Presto dinero y si luego el interesado no devuelve los pagos en el tiempo convenido, entonces me quedo con sus deseos…–murmuró señalándome las repisas.
Después volvió a sonreír y advertí que le faltaban algunas piezas dentales en su boca y que sus ojillos de rapaz me observaban con suspicacia. El hombrecillo, pues no medía más de metro y medio, juntó sus huesudas manos y, acto seguido, chascó la lengua. Don Efrén estaba acostumbrado a conseguir sus fines con mucha paciencia, pues era un gran conocedor de las miserias humanas y de los conflictos que pululaban por las mentes de todos los que entraban en su tienda.
-¿Cómo te llamas? –preguntó arqueando una ceja.
-Álvaro Martínez –contesté casi en un susurro.
-¿Y por qué, señor Martínez, necesitas dinero?
Tragué saliva antes de responder.
-Mi madre está enferma, muy enferma…
-¿Y tu padre?
-Hace tiempo que nos abandonó…
-¡Así que usted es el hombre de la casa! –exclamó con acento sarcástico.
-Sí… -susurré sintiendo su férrea mirada de usurero en la mía.
-¿Quién te habló de mi negocio? –inquirió tras chasquear nuevamente la lengua.
-En el barrio todos hablan de usted…
El prestamista rió irónico. ¡Claro que hablaban de él! La envidia corroía a todos aquellos muertos de hambre… -se dijo enderezándose. Abrió el primer cajón del apolillado mueble y, a continuación, guardó el libro forrado de tela negra dentro. Luego escondió las llaves en el bolsillo izquierdo de su chaqueta y me miró fijamente.
-¿Cuál es tu deseo más preciado, jovencito?
-Si se lo dijera dejaría de ser un deseo. Yo no quiero entregarle mis sueños…
Don Efrén arrugó el entrecejo sorprendido por mi respuesta y, con indicios de perder la paciencia, señaló:
-Mi tiempo es oro, Álvaro Martínez. Si no has venido a empeñar tus deseos… ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Me eché hacia atrás asustado. Pero no tenía otro sitio a donde ir… Y, envalentonándome, le dije:
-Quiero trabajar…
-¿En mi local? –farfulló curvando las espesas y blancas cejas.
-Sí, yo podría venir después del colegio… Barrería, ordenaría sus cosas, atendería a la clientela…
Al coleccionista de deseos se le iluminaron sus negras y avariciosas pupilas.
-No podría pagarte mucho dinero…
-No me importa, si usted me da lo necesario para pagar las medicinas de mi madre, con eso me conformo.
-¡Trato hecho! Pero nunca, Álvaro Martínez, deberás entrar en aquella habitación sin mi consentimiento… -Y señaló una puerta que permanecía cerrada a cal y canto-, ¿entendido? Nos vemos a las cinco en punto.
Asentí y don Efrén estrechó firmemente mi mano derecha.
-Sé puntual, no soporto a los que no lo son.
-No se preocupe, estaré aquí a esa hora.
Me marché feliz a mi casa. Doña Rosalía, la vecina del segundo, intentaba dar la sopa a mi madre. Ésta me sonrió cuando me vio.
-Vamos, María, un poco más…
-No tengo hambre… -musitó quedamente María Pérez.
-Lo sé, pero necesitas comer para recuperar la salud, ¿verdad, Alvarito?
-Tienes que hacer caso a doña Rosalía. Si no te alimentas bien, no te recuperarás…
-Ves, María, tu hijo es un niño muy inteligente. Hazle caso, mujer. Yo ya me voy…
-Gracias, Rosalía. No sé qué haríamos Álvaro y yo sin ti.
-Hoy por ti, mañana por mí.
La matrona nos sonrió y luego se marchó moviendo sus enormes caderas por el descansillo. Me senté junto a mi progenitora. En su rostro, anteriormente alegre y sonrosado, se dibujaban marcas violáceas y los huesos se perfilaban como aristas en sus pómulos. Tragué saliva antes de hablar:
-He encontrado un trabajo…
María Pérez miró a su pequeño sorprendida.
-Pero, Álvaro, eres un niño, tienes que estudiar y…
-Sólo serán tres horas diarias y después del colegio y con lo que me pague don Efrén compraremos tus…
-¿Te refieres al cambista de la calle de los sueños?
-Sí, a ese.
-¡No quiero que trabajes para él!
-¿Por qué?
-Por que ese hombre no me gusta… Don Efrén comercia con las ilusiones de los demás…
-Mamá, necesitamos ese dinero.
-¡Maldita enfermedad! –exclamó quejumbrosa-. Si yo no hubiera… Pero, no pudo seguir hablando. Su hijo no merecía sufrir más. Álvaro la abrazó y ambos permanecieron así hasta que Morfeo hizo su aparición y María se quedó profundamente dormida.
Don Efrén sonrió al verme y, acto seguido, guardó su reloj de bolsillo en la faltriquera de su pantalón. Después manifestó:
-En la trastienda hay ratones, así que coloca estas trampas para atraparlos… Yo tengo que hacer un recado, si alguien pregunta por mí, le dices que vuelva a las siete en punto.
-Sí, señor, eso haré.
El hombrecillo cogió un sombrero y un bastón que tenía colgados en la desvencijada percha de la entrada y a los pocos minutos salió del comercio con paso decidido y una sonrisa en sus labios. Antes de cerrar la puerta, le escuché maldecir a alguien, luego su voz se apagó entre las bocinas de los coches... Solté un suspiro al mirar las altas paredes y las repisas en las que se almacenaban centenares de tarros de colores. Don Efrén los tenía colocados por tamaños y tonalidades: los había azules, rojos, amarillos, naranjas, verdes, rosas, violetas…Y todos tenían una letra y un número. La curiosidad me incitó a subir la escalerita por la que se alcanzaban los estantes más inaccesibles… Cogí uno de aquellos botes y leí la inscripción: R-14.440 ¿Qué significaba aquello? –me pregunté extrañado. Tuve intención de abrir aquella pequeña cajita, pero un estrepitoso ruido en la trastienda, cambió mis planes. ¡Los ratones! –pronuncié acordándome, de pronto, de la tarea encomendada. Entré en aquel cuartucho con un poco de miedo, lo admito. Sin embargo, no podía imaginar, en aquel instante, que mi vida y la de muchas personas cambiarían al conocerla.
Aquel cuarto olía a humedad y a desidia. Los cachivaches que allí se amontonaban hacía tiempo que habían perdido su identidad y pocos podían pensar que alguna vez fueron objetos de culto para sus dueños. Una destartalada persiana dejaba pasar minúsculos rayos de sol que se reflejaban en un antiguo espejo. Varias mecedoras, a las que les faltaba el respaldo, balanceaban sus añosas patas sin que, aparentemente, nadie las hubiera movido… Oí una respiración entrecortada... Los latidos de mi corazón se aceleraron y el miedo paralizó mis piernas… Allí había alguien. Sí, yo no estaba solo.
-¿Quién está ahí? –pregunté temblando-. Prometo que no le diré nada a don Efrén si das la cara…
Ella salió de su escondite con sus acuosas pupilas y sus piernas de alambre. Aquella niña parecía un pajarillo asustado entre todos aquellos bártulos. Habló con un acento dulce y amable.
-¿No le dirás nada al brujo?
-No, pero… ¿Quién eres? ¿Por dónde has entrado y por qué le llamas así?
-Me llamo Sofía. Entré por la ventana y te aseguro que no te miento al decir que ese hombre es un brujo... Mi abuela enfermó cuando estuvo aquí... A todos les ocurre lo mismo. ¿Por qué trabajas tú para él?
-Mi madre padece una enfermedad muy rara y yo necesito comprarle medicamentos...
Los dos nos miramos pensando lo mismo.
-¿Crees que ella...?
-No lo sé, pero podemos averiguarlo buscando su nombre en el libro forrado de tela negra... Don Efrén apunta ahí a todos sus clientes y cuando se pasa el plazo para devolver lo fiado, se apodera de los deseos... Luego ellos van enfermando y se consumen hasta morir... Ningún remedio puede curarles, porque él utiliza la brujería...
-Si es verdad lo que dices… ¡Eso es terrible!
-Sí, lo es. A mi abuela le queda muy poco tiempo y ésta es la última oportunidad que tengo para encontrar la cajita donde se hallan sus deseos, tengo que liberarla si no morirá esta misma noche. ¿Me ayudarás, Álvaro?
-¿Cómo sabes mi nombre?
-Se lo oí decir a don Efrén… ¿Me ayudarás, Álvaro? –Volvió a repetir mirándome fijamente con sus hermosos ojos de color mar-. El libro se encuentra en el segundo cajón del mostrador y en aquel cuarto se almacenan las vasijas con las ilusiones de todos los que necesitaban un préstamo…
-En esas estanterías hay botes que tienen etiquetas…
-Sí, pero esos están vacíos.
-Necesitaremos una ganzúa o un…
-Sólo se abren con una llave… -Sofía sonrió dejando entrever unos pequeños dientes de nácar-. ¡Ésta!
-¿Cómo la has conseguido? –le interrogué asombrado.
-Tropecé con don Efrén cuando éste salió de la tienda y se las cogí.
-Eres muy valiente, Sofía.
-Mi abuela morirá, Álvaro, y tu madre también si no hacemos nada.
-Te ayudaré.
Ella sonrió nuevamente y después nos dirigimos hasta el carcomido mueble. El temor se reflejaba en nuestros ojos, pues en cualquier instante el coleccionista de deseos regresaría y nos podría descubrir... Sentí cómo mis pulsaciones se aceleraban cuando Sofía introdujo la llave en la cerradura, la giró hacia la derecha y un sonido metálico nos indicó que aquel cajón se abría para nosotros. ¡Allí, entre multitud de hojas amarillentas e instrumentos de escritura, estaba el libro! Rápidamente buscamos los nombres de nuestros familiares… Sofía tenía razón, Adela Muñiz y María Pérez tenían un número y un color asignado: A-12.500 y V-13.125.
-La cajita 12.500, de color amarillo, está en la estantería segunda, fila cuarta y la 13.125, de color verde, en la sexta, fila tercera.
La seguí hasta la habitación prohibida. La puerta fechada parecía burlarse de nuestras esperanzas.
-¿Cómo entraremos?
Sofía vaciló solamente unos segundos. De repente, surgió una horquilla entre sus dedos y, a continuación, un clic nos indicó que el pestillo había saltado. Irrumpimos en aquella estancia con los nervios a flor de piel y con una sensación de ahogo… Los estantes se veían abarrotados por miles de tarros de colores. Ella habló:
-¡Vamos, Álvaro, tenemos que darnos prisa!
-Sí –susurré apenas.
Unos minutos más tarde, la niña de la mirada acuosa y piernas tan delgadas como alambres, emitió un grito de alegría:
-¡La encontré!
Yo acaricié la damajuana de color verde y suspiré. Miré a Sofía y le interpelé:
-¿Qué hace don Efrén con los deseos?
-Se alimenta de ellos para vivir eternamente…
-¿Y cómo sabes tú eso?
Sofía parpadeó antes de contestar:
-Mi abuela es una bruja, Álvaro, pero ella utiliza la magia para favorecer a las personas de bien, él la descubrió y la hechizó apoderándose de sus poderes y de sus deseos… ¿Comprendes ahora mi angustia?
Sorprendido por su revelación me dejé caer en el suelo. Mi nueva amiga me imitó sentándose a mi lado. La miré fijamente.
-¿Y tú? ¿Eres también una maga?
Sofía sonrió.
-Algún día lo seré…
-¿Con qué nos enfrentaremos a don Efrén?
-Con astucia…
Las campanas de Santa Margarita, la parroquia del barrio, llamaron a misa de siete. El cambista se presentó en el establecimiento refunfuñando y con expresión ceñuda. Dejó el sombrerito y el cayado en el perchero y luego me llamó:
-¡Chico! ¿Dónde estás?
-En la trastienda… -hablé aparentemente tranquilo.
-¡Ven inmediatamente! –Me exigió con tono imperativo.
Obedecí sus órdenes al momento.
-¿Qué estabas haciendo?
-Puse las trampas que usted me indicó y ahora limpiaba y ordenaba el…
-¡No lo hagas! ¿Por qué no me dijiste que eras hijo de María Pérez?
-¿Usted conoce a mi madre? –le contesté con otra pregunta.
Don Efrén me observó con sus mezquinos ojillos e, inmediatamente, murmuró:
-Sí, la conozco y por eso no puedes trabajar para mí.
-¿Por qué? Usted sabe que necesito este trabajo y…
-Lo siento, pero estás despedido.
Mis ojos se anegaron de lágrimas.
-Don Efrén se lo suplico…
Él rió dejando entrever sus dientecillos de ratón.
-Existe otra posibilidad…
-¿Cuál?
-Te puedo conceder un préstamo…
-¿Empeñando mis deseos?
-Sí… -siseó con una macabra sonrisa.
-De acuerdo.
-¿Estás seguro, jovencito?
-No tengo otro sitio a donde ir… -Gemí triste.
El coleccionista de deseos me enseñó su minúscula y plateada llavecita y yo resollé. Posteriormente, me entregó una hoja amarillenta y un plumier.
-Escribe en ese papel tus aspiraciones, ilusiones o lo que más desearías tener en esta vida…
Eso hice... Y don Efrén, satisfecho, lacró la tapa rojiza. Lo que ocurrió a continuación fue sobrenatural y sorprendente. Una misteriosa luz nos envolvió y el hombrecillo gesticuló aterrado; hizo ademán de agarrarme por el cuello, pero aquella mágica irradiación fue secando su piel, sus músculos, sus huesos… Hasta que sólo quedaron cenizas…
Sofía entró en la tienda. Me abrazó y yo le correspondí sonriente.
-Sabía que podía confiar en ti, Álvaro. La avaricia de don Efrén pudo más que sus sospechas…
-¿Cómo le devolviste la llave?
-De la misma forma que se la quité antes, tropezando con él... ¿Y tú qué pusiste en el papel?
-“Mi único anhelo es que todos los clientes de don Efrén vuelvan a poseer sus deseos”.
Ambos volvimos a abrazarnos sonrientes. Mi madre y doña Adela sanaron súbitamente y lo mismo sucedió con todos los que habían comprometido sus ilusiones a aquel siniestro comerciante… Una madrugada, el viejo caserón de don Efrén se desplomó y el solar estuvo durante muchos años abandonado, hasta que un día el nuevo arquitecto de la ciudad diseñó un lugar maravilloso para que los niños y los que no lo eran tanto disfrutaran de aquel espacio. Álvaro Martínez y Sofía, su esposa, lo inauguraron meses después. En “El jardín de los deseos” todos los sueños se cumplirían…
   

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